Es curioso como a veces se confabulan las cosas. Pocos días atrás
recordé que estábamos en septiembre y de repente me asaltó el
recuerdo de Les Luthiers, porque justamente la fundación del
grupo ocurrió en primavera, y en un lejano aniversario tuve ocasión
de entrevistarlos por ese motivo. Casi simultáneamente con el
recuerdo recibí una llamada de Autoclub: era un veterano colega
para pedirme que escribiera esta nota. Primero me resistí débilmente,
pero como para mí fueron y son de lo más grande que ha
dado el humor a nivel mundial, terminé aceptando. Sabía que en
algún lugar estaba guardada la historia de Les Luthiers tal cual me
la refirieron ellos mismos, ya ni recuerdo en qué año. Y elegí encarar
este artículo develando el momento mágico y los primeros años
posteriores a la gestación del grupo.
La agrupación comenzó primero como I Musicisti,
también con un tratamiento humorístico original y
de alguna manera anticipatorio de lo que vendría
después, con diez integrantes, de los cuales cinco se
convertirían muy pronto en Les Luthiers.
El fundador del grupo fue Gerardo Massana, gestor
de la búsqueda de nuevos sonidos musicales a través
de los llamados instrumentos informales que, sumados
a una visión humorística de la llamada música culta o clásica, fueron
definiendo el típico humor lutheriano, que desde el primer
momento comenzó a expandirse hacia todos los géneros. En torno
de Gerardo, entonces, se fueron congregando Marcos Mundstock,
Daniel Rabinovich, Carlos Núñez Cortés y Jorge Maronna. Esto ocurrió
muy paulatinamente, en medio de un prolífico caldo de cultivo
cultural, como fue la década del 60 del siglo pasado.
“El grupo se formó –recuerda Marcos – en los años 60, cuando hubo
un gran auge en Buenos Aires y en la Argentina de los coros universitarios. Nosotros pertenecíamos a uno de ellos, auspiciado por la
Facultad de Ingeniería, aunque estaba formado por estudiantes de
todas las facultades. En esos coros éramos una barra que preparábamos
bromas para después de los ensayos, para las reuniones y las fiestas
de los festivales de coros que se hacían una vez por año, cada vez
en una ciudad distinta del país. Y una de esas bromas (todos se preguntaban:
‘A ver qué nos trajeron este año...’) fue el asunto éste de
los instrumentos informales. Así empezaron a llamarnos desde afuera
del ámbito universitario”.
Núñez Cortés tiene esta imagen de aquellos tiempos: “Me acuerdo
haber ido una vez a un concierto en la Facultad de Ingeniería y, por
supuesto, me ‘enganché’ con una soprano. Me gustó la niña y con un
pretexto cualquiera fui a un ensayo, me ofrecieron cantar y me tomaron
una pequeña pruebita. Me aceptaron enseguida porque yo, en
aquella época, no cantaba en ningún coro pero sabía bastante música
y también tocaba muy bien el piano. Entonces, todos los jueves y
sábados iba a la Facultad a cantar al coro y en los intervalos de los
ensayos tocaba no sólo el piano, sino varios instrumentos. Y siempre
se armaba un corro alrededor del piano y me pedían
que tocara tal o cual cosa. Gerardo Masana, que fue el
creador de Les Luthiers, un día vino y me preguntó si
quería tocar el piano en una opereta, Il Figlio del Pirata,
que quería montar con gente del coro. Le dije que sí,
que estaría felicísimo de hacerlo. En definitiva, que
estaba ya metido en el medio de la cosa que se estaba
gestando. Y cuando comenzamos a preparar obras
para instrumentos informales, que fue también una
idea de Gerardo, cuando escribió la Cantata Laxatón, yo, que estudiaba
química, llevé un montón de tubos de ensayo con diferente
cantidad de parafina en cada uno y los hice sonar como una flauta de
pan, como la flautita ésta que tocan los afiladores de cuchillos; y
Gerardo me dijo que tenía mucho futuro el instrumento. Así nació el
tubófono parafínico cromático”.
Continúa con el recuerdo Daniel Rabinovich: “Una de las manifestaciones
del humor era tocar con instrumentos inventados por nosotros,
pero había otras manifestaciones de humor: cantar, decir textos,
hacer parodias de ópera, había muchas formas. Digamos que
todo basado en el humorismo aplicado a la música, a la música seria...
La motivación era simplemente divertirnos, tomar con humor uno de
los aspectos rígidos y serios de la música, sólo eso. Simplemente nos
juntábamos a cantar en broma, a tocar en broma, a inventar juegos y óperas y esas cosas...”
| |
>UN MASTROPIERO AUTENTICO |
“El primer viaje de Mastropiero a los Estados Unidos había sido
anterior a su experiencia cinematográfica ya relatada. En Nueva
York vivía desde pequeño Harold Mastropiero, hermano gemelo de
asombroso parecido con Johann Sebastian. Los mellizos
Mastropiero sabían muy poco el uno del otro. Johann Sebastian
tenía noticias de que su hermano pertenecía a la mafia, y éste conocía
la música de Johann Sebastian: ¡ambos estaban indignadísimos!
Decidido a reconciliarse, Johann Sebastian se embarcó rumbo
a Nueva York. Cuando el vapor estaba llegando a puerto, acodado
en cubierta, comentó con el capitán: ‘Jamás me hubiese imaginado
así a Nueva York’. ‘Tiene razón, señor –le contestó el capitán–; estamos
llegando a las Canarias’. Unos días más tarde, el barco llegó
efectivamente a la ciudad de Nueva York y los mellizos Mastropiero se encontraron. Se reconocieron
de inmediato. El parecido era tan
notable que durante toda la estadía
de Johann Sebastian los guardaespaldas
de Harold no sabían a
quién proteger, el mayordomo de
Harold no sabía a quién atender y
la mujer de Harold… se llamaba Margaret. Harold Mastropiero
explotaba un sórdido local en el que funcionaban un cabaret clandestino,
un salón de juegos prohibidos y un centro de apuestas ilegales.
Pero en realidad su local era sólo una pantalla para ocultar la
verdadera fuente de sus fabulosos ingresos: en el fondo, funcionaba
un almacén”.
|
Jorge Maronna hacía poco tiempo que había llegado de Bahía Blanca
y también fue a parar al coro de Ingeniería, y rápidamente, invitado
por Masana, se sumó a I Musicisti: “Gerardo me propuso incluirme
en el grupo de intérpretes de la Cantata que en ese momento era
Modatón y luego fue Laxatón, para tocarla en septiembre en el
Festival de Coros de Tucumán. Terminado el festival, tuvimos algunas
invitaciones para tocar; no sé si ese año en Artes y Ciencias, en el
sótano de la calle Lavalle; luego actuamos en “Telecataplum”, el programa
de televisión uruguayo tan lindo, y la cosa fue creciendo”.
I Musicisti se escindió. El genio creativo de Masana trasladó su eje de
tareas a lo que sería Les Luthiers y fue seguido en un principio por
Mundstock, Rabinovich y Maronna. Ocurrió el 4 de septiembre de
1967, fecha que quedó instituida como la de la fundación de Les
Luthiers. Mientras tanto, Núñez Cortés permanecía en el otro grupo.
Pero no pasó mucho tiempo hasta que retornó al redil que verdaderamente
le correspondía.
Ya se había incorporado también a Les Luthiers quien fue durante
muchísimos años su luthier. Carlos Iraldi recuerda así aquel tiempo
fundacional: “Yo formaba parte del coro de Ingeniería, donde
encontré a los muchachos que después fueron I Musicisti, y más
tarde, algunos de ellos, Les Luthiers. Con Víctor Maraños como
director aprendimos cosas muy lindas. Ahí había un grupito que se
iba en barra todos los viernes a la tarde. Entonces averigüé adónde se
dirigían y hete aquí que iban a construir un órgano entre cuatro personas.
A partir de allí empezamos a hacer instrumentos con Masana,
que fue después el creador de Les Luthiers, con Eduardo López, con
Carlitos Núñez. Yo ya era médico psicoanalista y esto era una especie
de hobby. Pero luego, tres veces por semana hacía psicoanálisis y
otras tres obras para los muchachos en el taller-consultorio”.
En 1969, el quinteto se convirtió en sexteto con la llegada al grupo
de un estudiante de dirección orquestal en La Plata: Carlos López
Puccio. “Conocía al grupo como público y tenía algún contacto
esporádico con alguno de ellos. Cuando se necesitó incorporar
gente, concretamente por qué razón fue ya no me acuerdo... Ah sí,
bueno, había alguien que dejó de trabajar. No era muy rentable trabajar en Les Luthiers; en todo caso era divertido si uno le encontraba
la gracia), y aparecí, que estudiaba música, que sabía música,
que tocaba ese instrumento que hacía falta tocar. Finalmente creo
que la idea de que entrara fue de Carlos Núñez; buscaban a alguien
que tocara violín, medio de apuro, y nuestras mujeres eran amigas.
Y yo estaba ahí. Era, como se dice en estos casos, la persona justa
en el momento indicado”.
De estos tiempos, un poco antes de la incorporación de Pucho (siempre
le dijeron así, como Neneco a Daniel), alrededor del 68, se produjo
la incursión televisiva de Les Luthiers en el programa “Todos
somos mala gente”, del pionero Canal 7, donde el grupo aportaba su
humor musical (Canción de la mala gente, con letra y música de
Masana y Maronna).
También era la época de sus actuaciones en el Instituto Di Tella, que
venía albergando un revolucionario movimiento artístico en todas las
disciplinas.
“Al Di Tella llegamos –cuenta Daniel– después de unas incursiones
de lo que fue el Centro de Artes y Ciencias, que fue donde empezamos
a trabajar. En el 65 hicimos algunos recitales aislados, con las
obritas que había compuesto Gerardo y con algún otro material que
apareció, y en el 66 nos invitaron a participar con un espectáculo en
el Instituto Di Tella. Hicimos IMYLOH (I Musicisti y las óperas históricas).

De izquierda a derecha un equipo de lujo:
Carlos López Puccio (autor y compositor, director de coros y orquesta)
Jorge Maronna (autor, compositor y escritor)
Marcos Mundstock
(autor de textos, creador de Mastropiero y escritor)
Daniel Rabinovich (gran improvisador y aporte creativo)
Carlos Núñez Cortés (autor y compositor, director y arreglador)
En el 67, cuando se dividió I Musicisti, nos quedamos en el
Di Tella haciendo Les Luthiers cuentan la ópera, y al año siguiente,
finales del 68, volvió Carlos Núñez con nosotros e hicimos
Blancanieves y los siete pecados capitales, el último espectáculo que
realizamos en el Di Tella. Mientras tanto trabajábamos en café-concert,
en La Cebolla, fundamentalmente en el local de Bartolomé
Mitre casi Callao, y el salto siguiente fue pasar al teatro: nos invitaron
a trabajar en el Margarita Xirgu e hicimos una temporada en el 72
allí. Y de ahí en más, casi siempre, o siempre, en teatro”.
Los comienzos de la década del 70 tuvieron la gratificación que ya le
llegaba al grupo, pero también un profundo dolor: la muerte de
Gerardo Masana. En 1971 le habían diagnosticado una variedad de
leucemia que le dejaba pocas esperanzas de vida. Ese año arribó algrupo un nuevo integrante: Ernesto Acher, que ingresó para reemplazar
temporariamente a Marcos Mundstock, quien se había tomado
una licencia. A pesar del mal que lo aquejaba, Masana siguió trabajando
y liderando de alguna manera al grupo hasta 1973. Logró
disfrutar de las primeras mieles de un éxito que con los años sería
arrollador. Participó de la grabación de los tres primeros álbumes y
de las primeras giras a Uruguay y Venezuela. Y finalmente su vida se
apagó el 23 de noviembre de 1973. Muchos años más tarde, su hijo
Sebastián publicó un libro, Gerardo Masana, fundador de Les
Luthiers, y editó un nuevo disco del grupo en 2003, llamado simplemente
Les Luthiers (CD Sebastián Masana), con temas inéditos, que
es un hermoso homenaje a su padre.
Masana abre y cierra la etapa formativa del grupo, y como el gran
maestro a sus discípulos, les deja el camino señalado a seguir. Y
ellos siguen, otra vez convertidos en sexteto, y continúan su crecimiento
conquistando nuevos públicos y saltando a teatros cada vez
más grandes en Buenos Aires. Habían comenzado en el Margarita
Xirgu, pasaron luego al Lavalle y después al Coliseo, donde permanecieron
ofreciendo sus espectáculos alrededor de treinta años.
Y de allí saltaron por fin al Gran Rex, la sala máxima, para más de
tres mil espectadores. Ahora, visto desde la distancia, parece sorprendente
y casi increíble, pero en aquellos años era lo más natural que agotaran las entradas de todas las funciones en una
sala de tres mil quinientas plateas.
Dos veces actuaron en el Colón. El 11 de agosto en 1986, en la que
fue la función de despedida de Ernesto Acher del grupo, que
quedó definitivamente consolidado como quinteto, que cuando
actuaron acompañados por la orquesta sinfónica del teatro; y el 21
de agosto de 2000, junto con la Camerata Bariloche.
Luego todo
tuvo un efecto multiplicador. El crecimiento de Les Luthiers parecía
inacabable. Cuando cumplieron sus cuatro décadas, recibieron
homenajes de toda clase: una exposición que duró todo un mes en
el Centro Cultural Recoleta, que convocó a miles de visitantes que
pudieron apreciar de cerca la increíble colección de instrumentos
informales y escuchar su música y ver videos. Los declararon
Ciudadanos Ilustres de Buenos Aires y España les concedió la
Encomienda de Número de la Orden de Isabel la Católica, que es
la condecoración de mayor rango con que el Reino premia a ciudadanos
de otros países. Y terminaron aquel año 2007 con un
recital gratuito al aire libre que convocó e hizo la delicia de una
multitud de admiradores.
¿Qué más se puede agregar? Para un hombre grande como yo,
todavía escucharlos es casi un suicidio: es imposible que no me
muera de risa.
|