1.- El Siglo del Automóvil
Se ha llamado con razón “aceleración de la
historia” a la densidad de hechos, situaciones y cambios
que el siglo XX expresó a través de estos acontecimientos
que mencionamos como mera referencia. Lo cierto es que el hombre
vive hoy muchas vidas en una sola, que la iluminación incandescente
nos permite duplicar la jornada en la noche, que la producción
seriada ha puesto a disposición de la gente común
bienes que antes estaban reservados, primero, a un reducido sector
social de la nobleza y, después, de la burguesía
enriquecida. Así, pues, la tecnología igualó
a través de la popularización de bienes, reservados
antes a sectores de privilegio, a todos los seres. Fue y es la
ciencia, la técnica y la industria las que vienen transformando
el mundo industria y no la revolución estentórea
y revanchista.Las ciencias sociales las que se han venido adaptando,
aceptando primero y concediendo, después igualdad de oportunidades
para gozar todos un mundo mejor, con iguales derechos y obligaciones,
a través de las legislaciones escritas.
No cabe duda que a lo largo de una centuria se han producido cambios
tan notables que hacen irreconocibles nuestras vidas y se ha hecho
con aceleración creciente, por lo que resulta fabulosa
toda comparación anterior, en la medida que nos van alejando
de la naturaleza ingenua. Aunque lesione las nostalgias de muchos,
que recuerdan con benevolencia su propio pasado, lo cierto es
que hay un progreso manifiesto en la historia humana, que es material
y también moral, porque, contra muchas arraigadas creencias,
la verdad de los hechos es que “todo tiempo pasado fue peor”,
visto en conjunto y a largo plazo. Sea dicho a título de
ejemplo, que la ciencia permite hoy que los esclavos técnicos
sustituyan el trabajo humano fatigoso y repetitivo y tiende a
acelerarse, a modificar los hábitos y a requerir de cada
uno de nosotros cada vez mayor especialización, a informarse
de manera creciente y detallada y a hacer aquello que la máquina
no puede hacer, cual es crear nuevos productos superiores o mejores
que sí mismo. En efecto, ninguna máquina, por muy
sofisticada que sea puede fabricar por sí misma, otra superior
a ella. En cambio sí pueden hacer los entes biológicos,
en particular los altamente desarrollados como los mamíferos.
En realidad, somos dioses, porque podemos crear en el ámbito
restringido y limitado de nuestras vidas.
Sean estas reflexiones, que parecen inadecuadas para estas especiales
circunstancias de la celebración que nos convoca, las que
necesitamos en verdad para expresar nuestro emotivo homenaje a
una entidad que lleva cien años de la historia nacional
al servicio de todo aquel que está vinculado con un aparato
mecánico – el automóvil– , popularizado
y necesario, reviviendo a través de él a la sociedad,
a la gente.
En efecto, si el siglo XIX, fue la centuria del vapor, de la máquina
textil y del ferrocarril, el XX, fue la del motor a explosión
interna. Contemporaneamente con él, llegó el traslado
masivo de pueblos, la migración de millones de desheredados
y de refugiados que se trasladaron de un lado a otro del mundo,
en todas las direcciones imaginables buscando un hogar nuevo en
tierra extraña, motivado por las más variadas razones.
El motor a explosión interna, trajo consecuencias beneficiosas
en otros aspectos posteriores: expandió la inyección
petrolífera y su sucedáneo, la industria química
del carbono y de sus derivados, mejoró la vida de los pueblos
y elevó el confort, a la vez que estimuló la investigación
de otros rubros científicos que permiten la prolongación
de la vida.
James Waltt con la máquina de vapor, Gottlieb Daimbler
y Werner Siemens con el motor a explosión interna capaz
de impulsar dos émbolos vinculados a un cigüeñal,
Thomas Alva Edison con la lamparilla de filamento incandescente,
los hermanos Wilbur y Orville Wright con el plano aéreo
o aero-plano, impulsado por una hélice capaz de sustentarlo,
Alexander Fleming con el uso del penicillum y la posterior cadena
de antibióticos, hicieron mucho más por la humanidad
que los revolucionarios franceses en 1789, los rusos en 1917 o
los chinos en 1928. Todos ellos estuvieron, involucrados en el
sectarismo primitivo, considerado como idea unilateral y excluyente.
“Secad una lágrima, no derraméis la gota de
sangre”, decía Lord Byron, el poeta de Childe Harold.
En síntesis: estamos, por lo tanto, asistiendo al alumbramiento
de un nuevo mundo basado en el mayor conocimiento de las reglas
de la naturaleza, que ha originado el desarrollo humano.
El Club, cuyo centenario evocamos, que se relacionaba con el automóvil,
era una institución que en los días de su nacimiento
apuntaba hacia el modernismo, a una visión diferente a
la del gaucho hundido en la tradición de un pasado honroso,
pero superado.
Para comprender lo que significaba un club para automovilistas,
baste decir que los chóferes –cualquiera hubiera
sido su condición, desde rico estanciero hasta el mismo
empleado del propietario- usaba un atuendo especial para conducir
un auto. Asemás, necesitaba fuerza para poner en marcha
el motor con una manivela, debía tener elementales conocimientos
mecánicos y, a veces, extraordinaria suerte para obtener
gasolina, porque ésta se expendía solamente en algunas
ciudades. Todo viajero que se preciara de tal, llevaba a bordo
un tanque de repuesto. Había un cierto espíritu
de aventura o, por lo menos, de avanzada, para quien reemplazaba
el caballo, el sulki, la volanta, por un aparato mecánico.
El automóvil era el futuro. Y lo fue. Era el progreso,
y lo fue. Era la industria, y lo fue. A punto tal, que se ha considerado
al siglo XX, que despuntaba en aquellos años, como el “Siglo
del automóvil”.
2.- Algunas consideraciones previas
No es fácil ni habitual
que en un país de historia tan breve como el nuestro y
con baja raigambre o afirmación de la sociedad a las tradiciones,
una institución cumpla un siglo. Ellas existen pero son
proporcionalmente escasas. Sin embargo, hoy estamos reunidos aquí
para recordar que este país nuestro, tiene una institución
servicial que cumple un siglo. Si se me permite un hálito
de optimismo, quiero decir su primer siglo. Es el Automóvil
Club Argentino, nacido en junio de 1904.
En aquellos días, hacía solamente noventa y cuatro
años que se había producido la Revolución
de Mayo, ochenta y ocho, de nuestra definitiva Independencia,
cincuenta y uno desde la sanción de la Constitución
Nacional y solamente veinticuatro desde al federalización
de la Capital de la República, la ciudad de Buenos Aires,
con los que se había cerrado el ciclo de la Organización
Nacional. Muchos de las personas que vivían en los días
de la fundación del Club, habían sido testigos o
protagonistas de los grandes acontecimientos fundacionales, o
habían participado o sufrido – según los casos-
las dramáticas guerras civiles que asolaron la vasta geografía
de nuestra Patria. Se tocaba, se palpaba, se conocía la
historia, o se la oía de los labios de muchos de sus hacedores.
Aún quedaban ancianos que cruzaban una calle con dificultad
por alguna herida de guerra, o sus cicatrices se exhibían
junto con sus medallas. Un encuentro fortuito, a lo largo del
siglo, con cualquiera de los millares de personas que había
sobrevivido, implicaba una mirada de orgullo y de misericordia,
todo a la vez, que era un interrogante. La respuesta, no era un
largo párrafo narrativo, ni una descripción, sino
un corto y breve vocablo: Ituzaingó, Curupaití,
Tuyutí, La Verde, Santa Rosa, Las Playas, Los Corrales
y tantos otros. Y así, mil nombres respondían a
mil heridas. Todo un mundo y una época encerraba una palabra,
una sola palabra hechida de evocaciones.
Hacia 1904, ya se iban apagando aquellos ecos lejanos, porque
llegaba hasta nosotros una marea inmigratoria, que no las conocía
del todo; un mundo nuevo ahogaba el otro. Una Argentina moría,
aquella Patria criolla, la del coraje, la del caballo, la de las
marchas infinitas por la extensión de recorridos interminables,
y nacía otra, una nueva, una Nación consolidada
en el trabajo cotidiano, en el esfuerzo diario, en la inteligencia
del conocimiento, que se expresaba en la mecánica, en la
electricidad, en la máquina, en el “carro sin caballos
que anda solo”, según decían las primeras
crónicas. En síntesis, la de un mundo nuevo que
nacía para quedarse y para asombrarnos.
3.- La Argentina de 1904
La Argentina de la época
de la fundación de esta Institución que, desde hoy
es centenaria, era un pujante país conducido por la diestra
mano de una de las mayores figuras de nuestra historia: el general
Julio Argentino Roca, cuyo mandato presidencial, el segundo de
su vida, debía fenecer el 12 de octubre de ese año.
Roca viviría diez años más, hasta 1914.
El país ya no tenía problemas litigiosos de límites.
Justamente en ese año de 1904, se había instalado
en la cima de la cordillera una estatua llamada el “Cristo
Redentor”, como ícono emblemático de Chile
y Argentina, que había puesto punto final a los conflictos
demarcatorios de una cordillera anfractuosa y compleja. Habrían
de resolverse por el arbitraje amistoso y a veces injusto, los
restantes conflictos fronterizos menores. Por otra parte, merced
al patriotismo y a la clarividencia de Pellegrini el país
había superado el estrangulamiento de la deuda externa
que había hecho eclosión en 1890, y había
comenzado a vivir un extraordinario proceso de desarrollo, que
ya había sido iniciado en la batalla de Caseros y con la
sanción de la Constitución Nacional, que fue su
fruto, y acelerado después en esos días fundacionales.
Con libertad de prensa y el goce de todos los derechos que otorga
la sabia Carta de Santa Fe, pero con elecciones amañadas,
la Argentina, era un país de esperanza, que es el sentimiento
más promisorio. Así, el 12 de octubre de 1904, juró
la fórmula presidencial Manuel Quintana – José
Figueroa Alcorta, porteño el primero, cordobés el
segundo, ambos juristas y profesores de sus respectivas universidades.
El país estaba ya lanzado hacia el desarrollo por la eficiente
Generación del Ochenta, que había encabezado el
propio Roca y que la seguía conduciendo aún desde
el llano con su agrupación hegemónica, el Partido
Autonomistas Nacional.
En efecto, el país había erradicado al indio que
asaltaba las estancias y a los pueblos aislados en malones sangrientos,
haciendo uso del caballo traído desde Europa por la colonización
española y, como consecuencia, había dejado una
superficie de tierra fértil de sesenta millones de hectáreas,
de clima templado, dispuesta a ser útil al hombre. La Generación
del Ochenta ocupó esas tierras, las parceló, las
pobló con los inmigrantes de todo el mundo y obtuvo del
capital británico suficiente confianza para tender rieles
ferroviarios, estaciones, galpones, caminos conducentes, molinos,
tanques, bebederos y alambradas. El invento del frío artificial
por Charles Tellier y el refinamiento del ganado por cruzas con
razas de major calidad, así como la instalación
de mataderos y frigoríficos industriales, permitió
la exportación de carne de ganado vacuno y lanar, que creció
exponencialmente. Otro tanto ocurrió con el cultivo de
los cereales. Pioneros sencillos, familias que apenas balbuceaban
el idioma de nuestros ancestros, armados de un arado con seis
caballos y un horizonte infinito, se lanzaron a la aventura de
producir cereales para saciar el hambre de la vieja Europa a precios
sin competencia. No tenían comodidades materiales, pero
tenían esperanzas y futuro sentimientos que dignifican
al trabajo y justifican la vida. Los caminos desde las estaciones
ferroviarias hasta las chacras, eran de tierra, de barro espeso
después de las lluvias, la casa del chacarero era odesta
aunque acogedora pero había detrás de ellos un sueño,
un grande y hermoso sueño consistente en poder avizorar
un futuro con seguridades.
El país creció con índices desconocidos.
Tuvo también hondos avatares. En 1902 murió Vicente
Fidel López y en 1906, se quebró algo del pasado
porque los grandes figuras también desaparecieron. Ese
año murió Mitre, el último patriarca de la
argentinidad, Bernardo de Irigoyen, el estadista del Ochenta,
realizador de nuestros límites externos, el propio presidente
Quintana, el doctor Carlos Pellegrini, el mayor economista del
país, conjuntamente con Victorino de la Plaza. La gente
canturreaba: “Ha muerto don Carlos y don Vicente, / don
Bernardo y don Bartolo, / el pueblo ha quedado solo / aunque haya
mucha gente”. Y así era. El país ya no sería
el mismo.
José Figueroa Alcorta trató de limitar el poder
de Roca. Le tocó presidir la Argentina del Centenario,
aquella pujante nación ubicada dentro de las diez más
importantes países del mundo, a la que el poeta Rubén
Darío la consideraba, “ el contrapeso de los Estados
Unidos en el Sur del Continente Americano” y Lugones publicaba
su “Canto al ganado y a las mieses”. Era el llamado
“progreso infinito”, es decir, sin límites.
En 1907 habían desembarcado las primeras empresas estadounidenses,
ocupando un espacio en el país. Entre otros, las grandes
automotrices Ford Motors y General Motors. ¿Por qué
primero en Argentina? La respuesta es simple: era el país
de más alto nivel de vida del continente, superior a muchas
naciones de Europa, cuyos desheredados acudían a esta tierra
en busca de trabajo. Los ferrocarriles se expandían hasta
lejanos sitios de nuestra vasta geografía, a donde llegaban
los diarios con sus avisos y sus ventas contrareembolso, un médico,
un sacerdote y, por supuesto, vendedores incansables en procura
de clientes.
En 1912, en cumplimiento de sus promesas pre-electorales, Sáenz
Peña hizo sancionar la ley del voto universal, secreto
y obligatorio para que las autoridades tuvieran en lo sucesivo
la legitimidad de origen de sus mandatos. Enfermo el presidente,
y fallecido después, se hizo cargo de la administración
un hombre olvidado de nuestra historia, el salteño Victorino
de la Plaza, de origen coya, de posición humilde que, merced
a su tesón y notable inteligencia, desde la pobreza extrema
de su niñez, hizo el cursus honorum de todos los cargos
hasta la presidencia de la República, porque en aquella
Argentina también tenía cabida el talento y el esfuerzo.
4.- La Argentina del voto secreto.
De la aplicación recta
de la ley Sáenz Peña, que hizo de la Plaza en cumplimiento
de sus obligaciones morales con su presidente muerto, salió
electo Hipólito Yrigoyen, que gobernó hasta 1922
– y queremos destacar que este presidente- que representaba
a la clase media, sostuvo la misma política exterior que
su antecesor, pese a que no lo ligaba ningún compromiso
de partidoy, por lo tanto, no se involucró en la Guerra
Mundial, como tampoco lo había hecho de la Plaza.
En 1922, se hizo cargo del gobierno nacional uno de los mayores
presidentes del siglo, el doctor Marcelo Torcuato de Alvear, hijo
del primer intendente de Buenos Aires, don Torcuato, nieto del
conflictivo general Carlos María de Alvear y bisnieto de
un gran hombre de ciencia, el capitán de navío Diego
de Alvear y Ponce de León que llegó a estas tierras
en el siglo XVIII para efectuar la demarcación de los límites
con Portugal en la selva del sur de Brasil, así dispuesta
por el tratado de San Ildefonso.
Fue Alvear un afortunado hombre político, que le tocó
vivir la “bella époque”, gozar de la fortuna
de sus antecesores, tener un mundo en paz y aplicar el sencillo
sentido común para llevar el país hacia altos destinos.
¡Cuán respetada y admirada era la Argentina de aquellos
años! ¿Qué bueno y alto es el orgullo de
sentir, palpar y vivir el sentimiento de un país propio
en todas partes!
Hipólito Yrigoyen, que lo sucedió, fue plesbicitado
por el pueblo y después repudiado en apenas dos años.
¡Cuán voluble es el sentimiento de las masas!”Tú
triunfarás Paulo Emilio si el qué dirán y
los vaivenes populares te encuentran inconmovible en tu puesto!
Le dice Fabio Máximo al eminente cónsul romano después
de la batalla de Cannas donde murieron los legionarios vencidos
por el genio de Aníbal. Y así, aplicando el caso
a nuestro país, en 1930 el general José Félix
Uriburu se hizo cargo del Estado, usurpando la presidencia por
medios no constitucionales, erigiéndose “per se”
en supremo juez de los gobiernos. Ciertamente, la situación
no era buena, en gran medida debido a la conflictiva situación
externa. En efecto, el 24 de octubre de 1929, había estallado
la Bolsa de Valores de Nueva York y en los días siguientes
el alud de ventas derrumbó los capitales, los créditos,
la confianza y también la vida de numerosos suicidas. Finalmente,
se expandió por el mundo entero como una mancha imposible
de detener. Baste decir que en 1932 uno de cada cinco barcos mercantes
quedaba anclado en cualquier puerto, herrumbrándose, porque
no tenía nada que transportar. La Argentina quedó
gravemente afectada. Su deuda pública y privada en moneda
dura no varió, pero los precios de sus productos exportables
se derrumbaron. Así, por lo tanto, desanimado y enfermo,
Uriburu, que creyó hacer un acto patriótico, entregó
el poder en febrero de 1932 –en apenas un año y medio-
a su sucesor, el general e ingeniero Agustín P. Justo,
hombre inteligente y buen administrador que, a lo largo de su
gobierno, siguiendo la corriente política mundial, inició
la era del proteccionismo económico.
El general Justo gobernó el país entre febrero de
1932 y febrero de 1938. Le tocó ser contemporáneo
de las grandes autocracias devenidas a veces en dictaduras en
casi todo el mundo, que preanunciaron la Segunda Guerra Mundial.
Se levantaron altas barreras arancelarias en todas partes y la
Argentina hizo otro tanto. En 1933, firmó con Inglaterra
un acuerdo entre el vicepresidente de la República, el
doctor Julio A. Roca, hijo del general, y presidente que viajó
a Londres a tal efecto, y el Secretario de Comercio Walter Rumcinan,
-llamado habitualmente “Pacto Roca-Rumcinan”- por
el que Gran Bretaña se obligaba a continuar comprando carne
argentina a cambio de algunos beneficios comerciales especiales
otorgados a favor de la industria británica.
Justo había accedido al gobierno con la asociación
electoral de los socialistas independientes, que le dieron a la
legislación social un fuerte impulso. Las leyes 11.544
y 11.729 son ejemplos de tal actitud. Se limitó a ocho
horas la labor del personal dependiente, le otorgaron vacaciones
pagas, descanso dominical o equivalente, se estableció
en cuarenta y cuatro horas semanales la labor, etc. En 1933 nació
la controvertida ley 11.682, sobre impuesto a los réditos
o sobre la renta o sobre utilidades o ganancias, provisoria por
un año, que lleva ya setenta y uno de lozana existencia.
Por otra parte, se unificó la moneda en un órgano
centralizador, el Banco Central, que nació como institución
mixta, con intervención estatal y privada a la vez y cuya
finalidad consistía en el manejo autónomo de la
moneda, de las reservas nacionales, en reemplazo de la Caja de
Conversión, así como la superintendencia de bancos,
siguiendo una tendencia moderna.
No obstante, la Argentina retomó la senda de crecimiento.
El presidente Justa supo superar la crisis mundial, como no lo
habían podido hacer ni Irigoyen ni Uriburu, dio origen
a una industria nacional genuina, con una cierta protección
aduanera no demasiado alta y el perfil del país cambió.
Hacia 1938, el sector secundario del Producto Bruto Interno, es
decir la industria, ¡había superado por primera vez
en la historia del producto primario! Era entonces la única
nación de América Latina que tenía un producto
industrial, de esa magnitud, iniciado como sustitución
de importaciones.
La fórmula Roberto M. Ortiz-Ramón Castillo, accedió
al poder en febrero de 1938. Le tocó a Ortiz, que era funcionario
de los ferrocarriles y abogado del foro de Buenos Aires, gobernar
cuando estalló la Guerra Mundial, pero bien pronto una
grave enfermedad lo dejó ciego y luego falleció.
Se hizo cargo del poder el doctor Castillo, abogado catamarqueño,
profesor de derecho comercial y ex juez de dicho fuero.
El 1º de diciembre de 1941 Japón atacó a los
Estados Unidos en Pearl-Harbour sin previo aviso y se involucró
en la guerra mundial. Entonces, esta nación agredida y
sin flota, pidió solidaridad continental de manera dramática
en la Conferencia Panamericana de Quitandinha –en Río
de Janeiro- en febrero de 1942, sobre la base de los tratados
firmados desde 1889, pero la Argentina, en ese entonces la nación
más importante de América Latina, por medio de su
canciller Enrique Ruiz Guiñazú, se negó.
Toda América se alineó con su hermana mayor, injusta
y alevosamente agredida. Toda América menos la Argentina.
Cordell Hull, el Secretario de Estado, con indignación,
puso en “Entredicho” a nuestro país, como hacían
los Papas con los feudos rebeldes. Argentina quedó, por
lo tanto, durante largo tiempo desvinculada de las inversiones
norteamericanas, que comenzaron a direccionarse hacia Brasil.
Se consideró al país, partidario del “Eje”,
así llamado los países unidos por el tratado de
Berlín, constituido por Italia, Alemania y Japón,
naciones agresoras que habían eliminado las prácticas
democráticas, y también “pronazi”, concepto
que fue levantado recién después de largos años.
5.- La Argentina de los golpes
militares.
Como si ello fuera poco, esa
pertinaz neutralidad entre democracias y totalitarismo, tan diferente
a la guerra interimperial de 1914, se extendió a los gobiernos
posteriores sucesivamente. En efecto, el período del doctor
Castillo se interrumpió el 4 de junio de 1943 por otro
golpe militar, que puso en el poder al general Pedro Pablo Ramírez,
ex Ministro de Guerra de Castillo y después de un proceso
interno, al general Edelmiro J. Farell. Cuando el triunfo de los
Aliados era un hecho consumado, la Argentina rompió relaciones
diplomáticas y comerciales con Alemania y sus aliados y,
finalmente, les declaró la guerra en solidaridad con sus
vecinas, asociadas, como hemos dicho, desde 1889 en la Unión
Panamericana, que después devendría en la Organización
de Estados Americanos (OEA) en 1948. Lamentablemente esta actitud
tardía se vio como un simple compromiso diplomático
para poder ser aceptada como nación fundadora de las Naciones
Unidas, en la conferencia de San Francisco. Era la oveja negra
del continente, malquerida por la potencia motora del mundo que,
en aquellos días, cuando Europa se hallaba devastada, tenía
un Producto Bruto de 52% de la humanidad. Su poderío y
sus inversiones eran de fundamental importancia para cualquier
nación en desarrollo. Por ser diferentes y hasta opuestas
conductas, los Estados Unidos apoyaron a Brasil, su aliada en
la guerra. Nace desde entonces el polo industrial de San Pablo,
que en aquellos días era solamente una promesa.
El 24 de febrero de 1946, asumió la presidencia de la República
el general Juan Domingo Perón, miembro del gabinete militar
que llevó a cabo la Revolución contra Castillo,
del que había sido su vicepresidente, ministro de Guerra
y Secretario de Trabajo y Previsión. En 1949, su gobierno
modificó la Constitución, la que lo autorizó
a presentarse para la reelección presidencial. Su popularidad
genuina, su personalidad grata a un sector mayoritario de la población,
con adhesión profunda y hasta conflictiva, lo llevaron
al segundo período de gobierno, en 1952, que fue interrumpido
por una revolución, el 16 de septiembre de 1955, motivada
por el deterioro político, y finalmente religioso, de un
creciente sector de la ciudadanía, que se sentía
excluía de los cargos públicos y padecía
del cercenamiento de sus libertades de expresión y de crítica.
El mundo de la postguerra había comenzado la liberalización
del comercio internacional, seguida gradualmente por todos los
países, pero la Argentina había continuado una política
de cerrado proteccionismo, iniciada por Justo en 1932,. Resulta,
por lo tanto, paradójico que, cuando el gobierno de Perón
hizo entrega de una concesión petrolera a una empresa norteamericana
hacia fines de su mandato, ya de regreso de aquella política
de puertas cerradas después de diez años de gobierno,
la oposición centralizó en ello sus críticas,
que fueron, entre otros motivos, justificativas de la revolución,
que lo derribó del poder.
Le tocó a Frondizi –presidente desde 1958- romper
con los tabúes de cierre de fronteras, en particular del
petróleo, rectificando sus propios conceptos previos, y
enfrentar con gran coraje civil a la oposición, a su propio
partido, a sus amigos y a su conciencia. En su período
se hicieron inversiones de todo tipo, la nación retomó
la senda del crecimiento que él mismo la denominó
“Desarrollo”, muchas de las cuales fructificaron cuando
ya no estaba en el poder, como hacen los plantadores de grandes
árboles centenarios que no los pueden ver en plenitud.
Fue el doctor Arturo Frondizi uno de los más destacados
presidentes del polémico siglo que consideramos, conjuntamente
con Roca, Victorino de la Plaza y Alvear. Frondizi debió
soportar una serie de planteos y cuestionamientos de su poder,
en especial de un minúsculo sector de las Fuerzas Armadas,
erigidos “per se”, en aquellos tiempos, en fiscales
de la República, que debilitaron la gobernabilidad con
reiterada pertinacia, alterando periódicamente la paz pública,
creando inseguridades y riesgos en las inversiones, hasta que
lo arrancaron físicamente de su cargo y lo encerraron en
la prisión de la isla Martín García. Hoy,
tardíamente, la historia restituye su nombre y duerme la
última paz que no logró en vida.
Desde entonces, hasta 1983, con el breve intermedio de los tres
presidentes constitucionales, el doctor Illia, elegido por solamente
el 22% del electorado y que duró menos de tres años,
el doctor Cámpora en 1973 y Perón en su tercer mandato,
en 1974, las Fuerzas Armadas gobernaron alternativamente a través
de sublevaciones militares. Lo hicieron, a veces, con más
eficiencia que algunos gobiernos electos, pero siempre disminuidos
por su vicio de origen. La provisionalidad de los mandatos, la
brevedad de los plazos ejercidos por los funcionarios, y, sobre
todo, la ausencia de políticas de Estado de largo plazo,
que caracterizó a otras naciones del mundo y también
de nuestra América, la Argentina comenzó un lento
retroceso relativo. La inflación, ese absurdo sueño
de pretender hacer riqueza imprimiendo papeles a los que se le
asigna un caprichoso valor, envolvió a la sociedad como
una droga con la que se convivió y terminó por formar
parte de su existencia. Así, ante la curiosidad del mundo
entero, nuestro país agregó trece ceros a su moneda
por reiteradas devaluaciones, sin atender a las causas profundas,
que consistía y sigue consistiendo en el derroche presupuestario.
Cuando dejó de emitir moneda, por lamentable desconcierto,
reemplazó esa perniciosa práctica por endeudamiento
externo e interno. La falta de disciplina fiscal trajo como consecuencia
fuga de capitales, desahorro, dispendio, cierre de establecimientos
de producción y trabajos genuinos, desocupación,
miseria. El país, sus gobernantes, su pueblo debieran haber
aprendido tras largos sinsabores que el único milagro consiste
en que no hay milagro, que solamente el trabajo cotidiano y solidario
produce bienestar y grandeza.
Desde 1983, se sucedieron seis presidentes en veintiún
años de historia donde alternan uno de ellos con casi once
años de gestión y otro con once días, conviven
altas reservas monetarias por un tiempo, con mínimas cifras
en otro, ascenso y descenso, orden y desorden y, sobre todo, un
criterio disociador y heterodoxo que amenaza con la ruina.
La Biblia, el libro sagrado para millones de seres que pueblan
el planeta, lo dice con toda certeza: “Por los frutos los
conoceréis.”. Y, así, ese apotegma debiera
obligarnos a la reflexión, porque la sociedad se ha enraizado
en sus propias ideas excluyentes, descalificando cualquier otra
no coincidente y demostrando, en el fin de los tiempos, el recóndito
sentimiento de menosprecio por la solidaridad, que es el sentimiento
social más edificante.
Felizmente, todavía quedan hondas fuerzas sociales incólumes
en el pueblo, profundos sentimientos de cumplimiento del deber
y de realizaciones materiales y, además, una noble y generosa
tierra, con climas y potencialidades tan diversas como ricas que
nos autoriza a ser optimistas.
6.- El Automóvil Club y
su obra en el país.
En 1887, un joven de fortuna,
Dalmiro Varela Castex había comprado un triciclo movido
con motor a vapor y se paseó por las calles de tierra de
Buenos Aires y, aún con ella, llegó hasta su estancia.
En 1892 trajo de Europa un Benz para dos personas y otro en 1895.
El Consejo Deliberante le dio la patente número uno. En
1897 el joven Guillermo Fehling trajo un Daimler, monocilindro
a explosión. En 1906 ya circulaban en la ciudad de Buenos
Aires 340 automóviles particulares, 82 de alquiler y 24
camiones. En 1905 un inexperto conductor chocó contra una
columna de alumbrado en la hoy avenida Libertador y se mató.
La Municipalidad dictó una grave ordenanza: ”velocidad
máxima 14 kilómetros por hora”.
Un poco antes, el 11 de junio de 1904, Varela Castex el barón
de Marchi, Carlos Alzaga Unzué, José Pacheco Anchorena,
Alfredo Tornquist, el banquero y otros, fundaron el Automóvil
Club Argentino en Rodríguez Peña 178. Tuvo varios
domicilios posteriores hasta 1942 en que se mudó a la sede
actual, que se supone definitiva. Estuvo antes enAvenida Alvear
3543, Esmeralda 1080, Florida 640 y Florida 691. Varela Castex
fue el primer presidente y Pachco Anchorena, el segundo.
El A.C.A., no solamente fue una entidad servicial sino que, además,
desarrolló el turismo, hizo conocer lejanas regiones argentinas,
fue un pasaporte válido para instituciones similares del
exterior y, más que ninguna otra, promovió el deporte
automovilístico. Y no se puede hablar del ACA sin dejar
de recordar a dos grandes presidentes Carlos P. Anesi y César
C. Carman. Este último cubre un largo cuarto de siglo de
actividad en el club y fue quien lo llevó a la altura de
las grandes instituciones civiles de la Nación. A él
se le debe la difusión cartográfica y el impulso
a la red de estaciones de servicio para el expendio de nafta,
sus derivados y otros accesorios. El ACA impulsó la ley
nacional de vialidad durante la presidencia de Justo, que permitió
a un hombre valioso y sincero patriota, el ingeniero cordobés
Justiniano Allende Posse realizar una vasta obra caminera en la
Argentina y sentar las bases de la red de carreteras como nadie
lo hizo antes ni después.
Dentro de sus muchos servicios a la comunidad, se cuenta la “Escuela
de conductores”, que funciona en Palermo y cuenta con un
total anual de más de cuatro mil inscriptos. Asimismo,
los servicios de cobertura de seguros generales, la de salud,
el asesoramiento jurídico y contable para los socios y
tantas otras cosas que exceden este trabajo.
El ACA tuvo dos instituciones a las que adhirió con perseverancia
y fe: la primera, la Caja Nacional de Ahorro Postal, después
Caja de Ahorro y hoy, simplemente, la Caja con la que contrató
los seguros de los automotores de sus socios con descuento en
las pólizas y la segunda, Yacimientos Petrolíferos
Fiscales, en aquellos lejanos días, de capital nacional,
cuya nafta le suministró con exclusividad.
Esta reseña quedaría incompleta si no recordáramos
las carreras que tuvieron por escenario los polvorientos caminos
de la Patria. Desde lejanas aldeas, los vecinos perdidos en la
distancia, sentían la emoción de ver pasar a sus
ídolos raudamente, con la ilusión de un modesto
saludo con el pañuelo blanco, prendido al sueño
de haber sido testigos de proezas históricas. El duelo
Fangio – Gálvez, nunca concluido, la adhesión
de éste o aquél conductor, pusieron tema de conversación
y de pasión en los quietos tiempos de lejanas regiones
o en los de bulliciosas ciudades. Esa pasión se hizo americana
-¡y mundial!- en la carrera “Buenos Aires –
Caracas”, porque conmovió a naciones hermanas. “Allá,
desde el sur, -se decía- desde la lejana y pujante Buenos
Aires, una larga fila de autos corren en pos de un triunfo limpio
y noble, cual herederos de glorias pasadas”. Aún
hoy es historia.
7.- Reflexiones sobre el Centenario
El Automóvil Club Argentino,
es una institución querida por el pueblo, y tal vez la
más sentida por la gente. Quien tiene un auto quiere ser
asociado de ella. La necesita y la quiere, como se aprecia y estima
a los amigos leales. Es una institución argentina, fundada
por argentinos, conducida por argentinos y para bien de los argentinos.
Por lo tanto está inmersa en el país y así
lo estuvo en el siglo que ha transcurrido. Hacer la historia de
los principales acontecimientos de la historia nacional en la
que se desenvolvió nuestra institución se presta
a polémica porque muchos de los hechos ocurridos, en particular
los más próximos, aún no tienen la perspectiva
del tiempo que permite verlos y analizarlos, como quería
Tácito, “sine ira et studio”. Muchos de los
presentes hemos sido contemporáneos de los hechos públicos
mencionados en esta evocación y, en algunos casos, partícipes
y hasta protagonistas. Por lo tanto, algunos de los conceptos
expresados pueden ser vistos desde otro punto de vista porque
son controvertidos. El filósofo norteamericano John Dewey
decía que él no conocía la fórmula
del éxito, pero sí la del seguro fracaso, que consistía
en querer quedar bien con todos. Por otra parte, Benedetto Crocce,
el eminente filósofo italiano, sostenía, a principios
del siglo XX, que toda historia es siempre contemporánea,
sea cual fuere el período tratado, porque la historia se
resume por la vida del historiador que la piensa, la opina, la
recrea. Agregaba: “Nunca morirá la historia mientras
haya un historiador que la medite.”
El siglo XX, en cuyo transcurso se desarrolló nuestra Institución,
vio cambiar la faz de la humanidad, fue testigo de las mayores
invenciones que mejoraron la vida humana, pero también
de la brutalidad de las más extendidas guerras que segaron
millones de vidas. El mismo siglo vio a nuestro país en
la cúspide y en el foso, en la cima y en la sima, en una
extraña parábola de grandeza y miseria. No acompañó
el tiempo de nuestras vidas la ola de progreso que se preveía.
Otras naciones del mundo en completo atraso relativo, son hoy
potencias económicas y con gran desarrollo social. Alguien
dijo que nuestro país era, por encima de todo, la frustración
de un sueño que muchos tuvieron y que finalmente, no cristalizó
en realidades. Repetimos, Argentina es para muchos una frustración,
una promesa incumplida que atribuimos al abandono educacional,
ya que el conocimiento y la información son en los días
que corren las mayores fuentes de desarrollo material y espiritual.
La atención a los problemas inmediatos llevaron al abandono
de las grandes metas de largo plazo
Los desafíos de hoy requieren llegar a la sociedad del
conocimiento y éste no parece ser una preocupación
apremiante, de acuerdo con los míseros presupuestos asignados
a estos rubros y a la baja calidad educativa que se imparte en
todos los niveles. Quien habla, profesor de la Universidad de
Buenos Aires desde hace más de tres décadas, ha
visto a generaciones de alumnos en un lento pero constante declinación
de conocimientos y también, de la permisividad generalizada
que lo facilita.
El Automóvil Club Argentino, orgullo de la Patria, es,
sin duda, una reserva del cumplimiento del deber, de la extendida
tecnología al servicio de la gente y también la
de la mano tendida. Es una ínsula, como aquella de Barataria,
donde el sencillo Sancho Panza, conducido por la mano y el pensamiento
genial de Cervantes, hacía un gobierno constructivo en
beneficio de todos.
Por eso – y por mucho más que la brevedad de este
texto no permite detallar- su presencia activa en nuestra geografía,
su obra realizada y sus generosos propósitos han quedado
y quedarán en nuestros corazones. No es una institución
centenaria, es la culminación de un esfuerzo colectivo
al servicio de la sociedad, a la que se ama y reconoce.
Que así prosiga por todos los tiempos.
Buenos Aires, 3 de junio de 2004.-
(*) El autor es doctor en historia, presidente de la Academia
Argentina de la Historia y Director del Museo Histórico
Nacional.
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