ACONTECIMIENTOS NACIONALES EN EL TRANSCURSO DEL PRIMER SIGLO DEL AUTOMOVIL CLUB ARGENTINO

Escribe: Juan José Cresto(*)

1.- El Siglo del Automóvil
Se ha llamado con razón “aceleración de la historia” a la densidad de hechos, situaciones y cambios que el siglo XX expresó a través de estos acontecimientos que mencionamos como mera referencia. Lo cierto es que el hombre vive hoy muchas vidas en una sola, que la iluminación incandescente nos permite duplicar la jornada en la noche, que la producción seriada ha puesto a disposición de la gente común bienes que antes estaban reservados, primero, a un reducido sector social de la nobleza y, después, de la burguesía enriquecida. Así, pues, la tecnología igualó a través de la popularización de bienes, reservados antes a sectores de privilegio, a todos los seres. Fue y es la ciencia, la técnica y la industria las que vienen transformando el mundo industria y no la revolución estentórea y revanchista.Las ciencias sociales las que se han venido adaptando, aceptando primero y concediendo, después igualdad de oportunidades para gozar todos un mundo mejor, con iguales derechos y obligaciones, a través de las legislaciones escritas.
No cabe duda que a lo largo de una centuria se han producido cambios tan notables que hacen irreconocibles nuestras vidas y se ha hecho con aceleración creciente, por lo que resulta fabulosa toda comparación anterior, en la medida que nos van alejando de la naturaleza ingenua. Aunque lesione las nostalgias de muchos, que recuerdan con benevolencia su propio pasado, lo cierto es que hay un progreso manifiesto en la historia humana, que es material y también moral, porque, contra muchas arraigadas creencias, la verdad de los hechos es que “todo tiempo pasado fue peor”, visto en conjunto y a largo plazo. Sea dicho a título de ejemplo, que la ciencia permite hoy que los esclavos técnicos sustituyan el trabajo humano fatigoso y repetitivo y tiende a acelerarse, a modificar los hábitos y a requerir de cada uno de nosotros cada vez mayor especialización, a informarse de manera creciente y detallada y a hacer aquello que la máquina no puede hacer, cual es crear nuevos productos superiores o mejores que sí mismo. En efecto, ninguna máquina, por muy sofisticada que sea puede fabricar por sí misma, otra superior a ella. En cambio sí pueden hacer los entes biológicos, en particular los altamente desarrollados como los mamíferos. En realidad, somos dioses, porque podemos crear en el ámbito restringido y limitado de nuestras vidas.
Sean estas reflexiones, que parecen inadecuadas para estas especiales circunstancias de la celebración que nos convoca, las que necesitamos en verdad para expresar nuestro emotivo homenaje a una entidad que lleva cien años de la historia nacional al servicio de todo aquel que está vinculado con un aparato mecánico – el automóvil– , popularizado y necesario, reviviendo a través de él a la sociedad, a la gente.
En efecto, si el siglo XIX, fue la centuria del vapor, de la máquina textil y del ferrocarril, el XX, fue la del motor a explosión interna. Contemporaneamente con él, llegó el traslado masivo de pueblos, la migración de millones de desheredados y de refugiados que se trasladaron de un lado a otro del mundo, en todas las direcciones imaginables buscando un hogar nuevo en tierra extraña, motivado por las más variadas razones. El motor a explosión interna, trajo consecuencias beneficiosas en otros aspectos posteriores: expandió la inyección petrolífera y su sucedáneo, la industria química del carbono y de sus derivados, mejoró la vida de los pueblos y elevó el confort, a la vez que estimuló la investigación de otros rubros científicos que permiten la prolongación de la vida.
James Waltt con la máquina de vapor, Gottlieb Daimbler y Werner Siemens con el motor a explosión interna capaz de impulsar dos émbolos vinculados a un cigüeñal, Thomas Alva Edison con la lamparilla de filamento incandescente, los hermanos Wilbur y Orville Wright con el plano aéreo o aero-plano, impulsado por una hélice capaz de sustentarlo, Alexander Fleming con el uso del penicillum y la posterior cadena de antibióticos, hicieron mucho más por la humanidad que los revolucionarios franceses en 1789, los rusos en 1917 o los chinos en 1928. Todos ellos estuvieron, involucrados en el sectarismo primitivo, considerado como idea unilateral y excluyente. “Secad una lágrima, no derraméis la gota de sangre”, decía Lord Byron, el poeta de Childe Harold. En síntesis: estamos, por lo tanto, asistiendo al alumbramiento de un nuevo mundo basado en el mayor conocimiento de las reglas de la naturaleza, que ha originado el desarrollo humano.
El Club, cuyo centenario evocamos, que se relacionaba con el automóvil, era una institución que en los días de su nacimiento apuntaba hacia el modernismo, a una visión diferente a la del gaucho hundido en la tradición de un pasado honroso, pero superado.
Para comprender lo que significaba un club para automovilistas, baste decir que los chóferes –cualquiera hubiera sido su condición, desde rico estanciero hasta el mismo empleado del propietario- usaba un atuendo especial para conducir un auto. Asemás, necesitaba fuerza para poner en marcha el motor con una manivela, debía tener elementales conocimientos mecánicos y, a veces, extraordinaria suerte para obtener gasolina, porque ésta se expendía solamente en algunas ciudades. Todo viajero que se preciara de tal, llevaba a bordo un tanque de repuesto. Había un cierto espíritu de aventura o, por lo menos, de avanzada, para quien reemplazaba el caballo, el sulki, la volanta, por un aparato mecánico.
El automóvil era el futuro. Y lo fue. Era el progreso, y lo fue. Era la industria, y lo fue. A punto tal, que se ha considerado al siglo XX, que despuntaba en aquellos años, como el “Siglo del automóvil”.

2.- Algunas consideraciones previas

No es fácil ni habitual que en un país de historia tan breve como el nuestro y con baja raigambre o afirmación de la sociedad a las tradiciones, una institución cumpla un siglo. Ellas existen pero son proporcionalmente escasas. Sin embargo, hoy estamos reunidos aquí para recordar que este país nuestro, tiene una institución servicial que cumple un siglo. Si se me permite un hálito de optimismo, quiero decir su primer siglo. Es el Automóvil Club Argentino, nacido en junio de 1904.
En aquellos días, hacía solamente noventa y cuatro años que se había producido la Revolución de Mayo, ochenta y ocho, de nuestra definitiva Independencia, cincuenta y uno desde la sanción de la Constitución Nacional y solamente veinticuatro desde al federalización de la Capital de la República, la ciudad de Buenos Aires, con los que se había cerrado el ciclo de la Organización Nacional. Muchos de las personas que vivían en los días de la fundación del Club, habían sido testigos o protagonistas de los grandes acontecimientos fundacionales, o habían participado o sufrido – según los casos- las dramáticas guerras civiles que asolaron la vasta geografía de nuestra Patria. Se tocaba, se palpaba, se conocía la historia, o se la oía de los labios de muchos de sus hacedores. Aún quedaban ancianos que cruzaban una calle con dificultad por alguna herida de guerra, o sus cicatrices se exhibían junto con sus medallas. Un encuentro fortuito, a lo largo del siglo, con cualquiera de los millares de personas que había sobrevivido, implicaba una mirada de orgullo y de misericordia, todo a la vez, que era un interrogante. La respuesta, no era un largo párrafo narrativo, ni una descripción, sino un corto y breve vocablo: Ituzaingó, Curupaití, Tuyutí, La Verde, Santa Rosa, Las Playas, Los Corrales y tantos otros. Y así, mil nombres respondían a mil heridas. Todo un mundo y una época encerraba una palabra, una sola palabra hechida de evocaciones.
Hacia 1904, ya se iban apagando aquellos ecos lejanos, porque llegaba hasta nosotros una marea inmigratoria, que no las conocía del todo; un mundo nuevo ahogaba el otro. Una Argentina moría, aquella Patria criolla, la del coraje, la del caballo, la de las marchas infinitas por la extensión de recorridos interminables, y nacía otra, una nueva, una Nación consolidada en el trabajo cotidiano, en el esfuerzo diario, en la inteligencia del conocimiento, que se expresaba en la mecánica, en la electricidad, en la máquina, en el “carro sin caballos que anda solo”, según decían las primeras crónicas. En síntesis, la de un mundo nuevo que nacía para quedarse y para asombrarnos.

3.- La Argentina de 1904

La Argentina de la época de la fundación de esta Institución que, desde hoy es centenaria, era un pujante país conducido por la diestra mano de una de las mayores figuras de nuestra historia: el general Julio Argentino Roca, cuyo mandato presidencial, el segundo de su vida, debía fenecer el 12 de octubre de ese año. Roca viviría diez años más, hasta 1914.
El país ya no tenía problemas litigiosos de límites. Justamente en ese año de 1904, se había instalado en la cima de la cordillera una estatua llamada el “Cristo Redentor”, como ícono emblemático de Chile y Argentina, que había puesto punto final a los conflictos demarcatorios de una cordillera anfractuosa y compleja. Habrían de resolverse por el arbitraje amistoso y a veces injusto, los restantes conflictos fronterizos menores. Por otra parte, merced al patriotismo y a la clarividencia de Pellegrini el país había superado el estrangulamiento de la deuda externa que había hecho eclosión en 1890, y había comenzado a vivir un extraordinario proceso de desarrollo, que ya había sido iniciado en la batalla de Caseros y con la sanción de la Constitución Nacional, que fue su fruto, y acelerado después en esos días fundacionales.
Con libertad de prensa y el goce de todos los derechos que otorga la sabia Carta de Santa Fe, pero con elecciones amañadas, la Argentina, era un país de esperanza, que es el sentimiento más promisorio. Así, el 12 de octubre de 1904, juró la fórmula presidencial Manuel Quintana – José Figueroa Alcorta, porteño el primero, cordobés el segundo, ambos juristas y profesores de sus respectivas universidades. El país estaba ya lanzado hacia el desarrollo por la eficiente Generación del Ochenta, que había encabezado el propio Roca y que la seguía conduciendo aún desde el llano con su agrupación hegemónica, el Partido Autonomistas Nacional.
En efecto, el país había erradicado al indio que asaltaba las estancias y a los pueblos aislados en malones sangrientos, haciendo uso del caballo traído desde Europa por la colonización española y, como consecuencia, había dejado una superficie de tierra fértil de sesenta millones de hectáreas, de clima templado, dispuesta a ser útil al hombre. La Generación del Ochenta ocupó esas tierras, las parceló, las pobló con los inmigrantes de todo el mundo y obtuvo del capital británico suficiente confianza para tender rieles ferroviarios, estaciones, galpones, caminos conducentes, molinos, tanques, bebederos y alambradas. El invento del frío artificial por Charles Tellier y el refinamiento del ganado por cruzas con razas de major calidad, así como la instalación de mataderos y frigoríficos industriales, permitió la exportación de carne de ganado vacuno y lanar, que creció exponencialmente. Otro tanto ocurrió con el cultivo de los cereales. Pioneros sencillos, familias que apenas balbuceaban el idioma de nuestros ancestros, armados de un arado con seis caballos y un horizonte infinito, se lanzaron a la aventura de producir cereales para saciar el hambre de la vieja Europa a precios sin competencia. No tenían comodidades materiales, pero tenían esperanzas y futuro sentimientos que dignifican al trabajo y justifican la vida. Los caminos desde las estaciones ferroviarias hasta las chacras, eran de tierra, de barro espeso después de las lluvias, la casa del chacarero era odesta aunque acogedora pero había detrás de ellos un sueño, un grande y hermoso sueño consistente en poder avizorar un futuro con seguridades.
El país creció con índices desconocidos. Tuvo también hondos avatares. En 1902 murió Vicente Fidel López y en 1906, se quebró algo del pasado porque los grandes figuras también desaparecieron. Ese año murió Mitre, el último patriarca de la argentinidad, Bernardo de Irigoyen, el estadista del Ochenta, realizador de nuestros límites externos, el propio presidente Quintana, el doctor Carlos Pellegrini, el mayor economista del país, conjuntamente con Victorino de la Plaza. La gente canturreaba: “Ha muerto don Carlos y don Vicente, / don Bernardo y don Bartolo, / el pueblo ha quedado solo / aunque haya mucha gente”. Y así era. El país ya no sería el mismo.
José Figueroa Alcorta trató de limitar el poder de Roca. Le tocó presidir la Argentina del Centenario, aquella pujante nación ubicada dentro de las diez más importantes países del mundo, a la que el poeta Rubén Darío la consideraba, “ el contrapeso de los Estados Unidos en el Sur del Continente Americano” y Lugones publicaba su “Canto al ganado y a las mieses”. Era el llamado “progreso infinito”, es decir, sin límites.
En 1907 habían desembarcado las primeras empresas estadounidenses, ocupando un espacio en el país. Entre otros, las grandes automotrices Ford Motors y General Motors. ¿Por qué primero en Argentina? La respuesta es simple: era el país de más alto nivel de vida del continente, superior a muchas naciones de Europa, cuyos desheredados acudían a esta tierra en busca de trabajo. Los ferrocarriles se expandían hasta lejanos sitios de nuestra vasta geografía, a donde llegaban los diarios con sus avisos y sus ventas contrareembolso, un médico, un sacerdote y, por supuesto, vendedores incansables en procura de clientes.
En 1912, en cumplimiento de sus promesas pre-electorales, Sáenz Peña hizo sancionar la ley del voto universal, secreto y obligatorio para que las autoridades tuvieran en lo sucesivo la legitimidad de origen de sus mandatos. Enfermo el presidente, y fallecido después, se hizo cargo de la administración un hombre olvidado de nuestra historia, el salteño Victorino de la Plaza, de origen coya, de posición humilde que, merced a su tesón y notable inteligencia, desde la pobreza extrema de su niñez, hizo el cursus honorum de todos los cargos hasta la presidencia de la República, porque en aquella Argentina también tenía cabida el talento y el esfuerzo.
4.- La Argentina del voto secreto.

De la aplicación recta de la ley Sáenz Peña, que hizo de la Plaza en cumplimiento de sus obligaciones morales con su presidente muerto, salió electo Hipólito Yrigoyen, que gobernó hasta 1922 – y queremos destacar que este presidente- que representaba a la clase media, sostuvo la misma política exterior que su antecesor, pese a que no lo ligaba ningún compromiso de partidoy, por lo tanto, no se involucró en la Guerra Mundial, como tampoco lo había hecho de la Plaza.
En 1922, se hizo cargo del gobierno nacional uno de los mayores presidentes del siglo, el doctor Marcelo Torcuato de Alvear, hijo del primer intendente de Buenos Aires, don Torcuato, nieto del conflictivo general Carlos María de Alvear y bisnieto de un gran hombre de ciencia, el capitán de navío Diego de Alvear y Ponce de León que llegó a estas tierras en el siglo XVIII para efectuar la demarcación de los límites con Portugal en la selva del sur de Brasil, así dispuesta por el tratado de San Ildefonso.
Fue Alvear un afortunado hombre político, que le tocó vivir la “bella époque”, gozar de la fortuna de sus antecesores, tener un mundo en paz y aplicar el sencillo sentido común para llevar el país hacia altos destinos. ¡Cuán respetada y admirada era la Argentina de aquellos años! ¿Qué bueno y alto es el orgullo de sentir, palpar y vivir el sentimiento de un país propio en todas partes!
Hipólito Yrigoyen, que lo sucedió, fue plesbicitado por el pueblo y después repudiado en apenas dos años. ¡Cuán voluble es el sentimiento de las masas!”Tú triunfarás Paulo Emilio si el qué dirán y los vaivenes populares te encuentran inconmovible en tu puesto! Le dice Fabio Máximo al eminente cónsul romano después de la batalla de Cannas donde murieron los legionarios vencidos por el genio de Aníbal. Y así, aplicando el caso a nuestro país, en 1930 el general José Félix Uriburu se hizo cargo del Estado, usurpando la presidencia por medios no constitucionales, erigiéndose “per se” en supremo juez de los gobiernos. Ciertamente, la situación no era buena, en gran medida debido a la conflictiva situación externa. En efecto, el 24 de octubre de 1929, había estallado la Bolsa de Valores de Nueva York y en los días siguientes el alud de ventas derrumbó los capitales, los créditos, la confianza y también la vida de numerosos suicidas. Finalmente, se expandió por el mundo entero como una mancha imposible de detener. Baste decir que en 1932 uno de cada cinco barcos mercantes quedaba anclado en cualquier puerto, herrumbrándose, porque no tenía nada que transportar. La Argentina quedó gravemente afectada. Su deuda pública y privada en moneda dura no varió, pero los precios de sus productos exportables se derrumbaron. Así, por lo tanto, desanimado y enfermo, Uriburu, que creyó hacer un acto patriótico, entregó el poder en febrero de 1932 –en apenas un año y medio- a su sucesor, el general e ingeniero Agustín P. Justo, hombre inteligente y buen administrador que, a lo largo de su gobierno, siguiendo la corriente política mundial, inició la era del proteccionismo económico.
El general Justo gobernó el país entre febrero de 1932 y febrero de 1938. Le tocó ser contemporáneo de las grandes autocracias devenidas a veces en dictaduras en casi todo el mundo, que preanunciaron la Segunda Guerra Mundial. Se levantaron altas barreras arancelarias en todas partes y la Argentina hizo otro tanto. En 1933, firmó con Inglaterra un acuerdo entre el vicepresidente de la República, el doctor Julio A. Roca, hijo del general, y presidente que viajó a Londres a tal efecto, y el Secretario de Comercio Walter Rumcinan, -llamado habitualmente “Pacto Roca-Rumcinan”- por el que Gran Bretaña se obligaba a continuar comprando carne argentina a cambio de algunos beneficios comerciales especiales otorgados a favor de la industria británica.
Justo había accedido al gobierno con la asociación electoral de los socialistas independientes, que le dieron a la legislación social un fuerte impulso. Las leyes 11.544 y 11.729 son ejemplos de tal actitud. Se limitó a ocho horas la labor del personal dependiente, le otorgaron vacaciones pagas, descanso dominical o equivalente, se estableció en cuarenta y cuatro horas semanales la labor, etc. En 1933 nació la controvertida ley 11.682, sobre impuesto a los réditos o sobre la renta o sobre utilidades o ganancias, provisoria por un año, que lleva ya setenta y uno de lozana existencia.
Por otra parte, se unificó la moneda en un órgano centralizador, el Banco Central, que nació como institución mixta, con intervención estatal y privada a la vez y cuya finalidad consistía en el manejo autónomo de la moneda, de las reservas nacionales, en reemplazo de la Caja de Conversión, así como la superintendencia de bancos, siguiendo una tendencia moderna.
No obstante, la Argentina retomó la senda de crecimiento. El presidente Justa supo superar la crisis mundial, como no lo habían podido hacer ni Irigoyen ni Uriburu, dio origen a una industria nacional genuina, con una cierta protección aduanera no demasiado alta y el perfil del país cambió. Hacia 1938, el sector secundario del Producto Bruto Interno, es decir la industria, ¡había superado por primera vez en la historia del producto primario! Era entonces la única nación de América Latina que tenía un producto industrial, de esa magnitud, iniciado como sustitución de importaciones.
La fórmula Roberto M. Ortiz-Ramón Castillo, accedió al poder en febrero de 1938. Le tocó a Ortiz, que era funcionario de los ferrocarriles y abogado del foro de Buenos Aires, gobernar cuando estalló la Guerra Mundial, pero bien pronto una grave enfermedad lo dejó ciego y luego falleció. Se hizo cargo del poder el doctor Castillo, abogado catamarqueño, profesor de derecho comercial y ex juez de dicho fuero.
El 1º de diciembre de 1941 Japón atacó a los Estados Unidos en Pearl-Harbour sin previo aviso y se involucró en la guerra mundial. Entonces, esta nación agredida y sin flota, pidió solidaridad continental de manera dramática en la Conferencia Panamericana de Quitandinha –en Río de Janeiro- en febrero de 1942, sobre la base de los tratados firmados desde 1889, pero la Argentina, en ese entonces la nación más importante de América Latina, por medio de su canciller Enrique Ruiz Guiñazú, se negó. Toda América se alineó con su hermana mayor, injusta y alevosamente agredida. Toda América menos la Argentina. Cordell Hull, el Secretario de Estado, con indignación, puso en “Entredicho” a nuestro país, como hacían los Papas con los feudos rebeldes. Argentina quedó, por lo tanto, durante largo tiempo desvinculada de las inversiones norteamericanas, que comenzaron a direccionarse hacia Brasil. Se consideró al país, partidario del “Eje”, así llamado los países unidos por el tratado de Berlín, constituido por Italia, Alemania y Japón, naciones agresoras que habían eliminado las prácticas democráticas, y también “pronazi”, concepto que fue levantado recién después de largos años.

5.- La Argentina de los golpes militares.

Como si ello fuera poco, esa pertinaz neutralidad entre democracias y totalitarismo, tan diferente a la guerra interimperial de 1914, se extendió a los gobiernos posteriores sucesivamente. En efecto, el período del doctor Castillo se interrumpió el 4 de junio de 1943 por otro golpe militar, que puso en el poder al general Pedro Pablo Ramírez, ex Ministro de Guerra de Castillo y después de un proceso interno, al general Edelmiro J. Farell. Cuando el triunfo de los Aliados era un hecho consumado, la Argentina rompió relaciones diplomáticas y comerciales con Alemania y sus aliados y, finalmente, les declaró la guerra en solidaridad con sus vecinas, asociadas, como hemos dicho, desde 1889 en la Unión Panamericana, que después devendría en la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948. Lamentablemente esta actitud tardía se vio como un simple compromiso diplomático para poder ser aceptada como nación fundadora de las Naciones Unidas, en la conferencia de San Francisco. Era la oveja negra del continente, malquerida por la potencia motora del mundo que, en aquellos días, cuando Europa se hallaba devastada, tenía un Producto Bruto de 52% de la humanidad. Su poderío y sus inversiones eran de fundamental importancia para cualquier nación en desarrollo. Por ser diferentes y hasta opuestas conductas, los Estados Unidos apoyaron a Brasil, su aliada en la guerra. Nace desde entonces el polo industrial de San Pablo, que en aquellos días era solamente una promesa.
El 24 de febrero de 1946, asumió la presidencia de la República el general Juan Domingo Perón, miembro del gabinete militar que llevó a cabo la Revolución contra Castillo, del que había sido su vicepresidente, ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión. En 1949, su gobierno modificó la Constitución, la que lo autorizó a presentarse para la reelección presidencial. Su popularidad genuina, su personalidad grata a un sector mayoritario de la población, con adhesión profunda y hasta conflictiva, lo llevaron al segundo período de gobierno, en 1952, que fue interrumpido por una revolución, el 16 de septiembre de 1955, motivada por el deterioro político, y finalmente religioso, de un creciente sector de la ciudadanía, que se sentía excluía de los cargos públicos y padecía del cercenamiento de sus libertades de expresión y de crítica.
El mundo de la postguerra había comenzado la liberalización del comercio internacional, seguida gradualmente por todos los países, pero la Argentina había continuado una política de cerrado proteccionismo, iniciada por Justo en 1932,. Resulta, por lo tanto, paradójico que, cuando el gobierno de Perón hizo entrega de una concesión petrolera a una empresa norteamericana hacia fines de su mandato, ya de regreso de aquella política de puertas cerradas después de diez años de gobierno, la oposición centralizó en ello sus críticas, que fueron, entre otros motivos, justificativas de la revolución, que lo derribó del poder.
Le tocó a Frondizi –presidente desde 1958- romper con los tabúes de cierre de fronteras, en particular del petróleo, rectificando sus propios conceptos previos, y enfrentar con gran coraje civil a la oposición, a su propio partido, a sus amigos y a su conciencia. En su período se hicieron inversiones de todo tipo, la nación retomó la senda del crecimiento que él mismo la denominó “Desarrollo”, muchas de las cuales fructificaron cuando ya no estaba en el poder, como hacen los plantadores de grandes árboles centenarios que no los pueden ver en plenitud. Fue el doctor Arturo Frondizi uno de los más destacados presidentes del polémico siglo que consideramos, conjuntamente con Roca, Victorino de la Plaza y Alvear. Frondizi debió soportar una serie de planteos y cuestionamientos de su poder, en especial de un minúsculo sector de las Fuerzas Armadas, erigidos “per se”, en aquellos tiempos, en fiscales de la República, que debilitaron la gobernabilidad con reiterada pertinacia, alterando periódicamente la paz pública, creando inseguridades y riesgos en las inversiones, hasta que lo arrancaron físicamente de su cargo y lo encerraron en la prisión de la isla Martín García. Hoy, tardíamente, la historia restituye su nombre y duerme la última paz que no logró en vida.
Desde entonces, hasta 1983, con el breve intermedio de los tres presidentes constitucionales, el doctor Illia, elegido por solamente el 22% del electorado y que duró menos de tres años, el doctor Cámpora en 1973 y Perón en su tercer mandato, en 1974, las Fuerzas Armadas gobernaron alternativamente a través de sublevaciones militares. Lo hicieron, a veces, con más eficiencia que algunos gobiernos electos, pero siempre disminuidos por su vicio de origen. La provisionalidad de los mandatos, la brevedad de los plazos ejercidos por los funcionarios, y, sobre todo, la ausencia de políticas de Estado de largo plazo, que caracterizó a otras naciones del mundo y también de nuestra América, la Argentina comenzó un lento retroceso relativo. La inflación, ese absurdo sueño de pretender hacer riqueza imprimiendo papeles a los que se le asigna un caprichoso valor, envolvió a la sociedad como una droga con la que se convivió y terminó por formar parte de su existencia. Así, ante la curiosidad del mundo entero, nuestro país agregó trece ceros a su moneda por reiteradas devaluaciones, sin atender a las causas profundas, que consistía y sigue consistiendo en el derroche presupuestario. Cuando dejó de emitir moneda, por lamentable desconcierto, reemplazó esa perniciosa práctica por endeudamiento externo e interno. La falta de disciplina fiscal trajo como consecuencia fuga de capitales, desahorro, dispendio, cierre de establecimientos de producción y trabajos genuinos, desocupación, miseria. El país, sus gobernantes, su pueblo debieran haber aprendido tras largos sinsabores que el único milagro consiste en que no hay milagro, que solamente el trabajo cotidiano y solidario produce bienestar y grandeza.
Desde 1983, se sucedieron seis presidentes en veintiún años de historia donde alternan uno de ellos con casi once años de gestión y otro con once días, conviven altas reservas monetarias por un tiempo, con mínimas cifras en otro, ascenso y descenso, orden y desorden y, sobre todo, un criterio disociador y heterodoxo que amenaza con la ruina.
La Biblia, el libro sagrado para millones de seres que pueblan el planeta, lo dice con toda certeza: “Por los frutos los conoceréis.”. Y, así, ese apotegma debiera obligarnos a la reflexión, porque la sociedad se ha enraizado en sus propias ideas excluyentes, descalificando cualquier otra no coincidente y demostrando, en el fin de los tiempos, el recóndito sentimiento de menosprecio por la solidaridad, que es el sentimiento social más edificante.
Felizmente, todavía quedan hondas fuerzas sociales incólumes en el pueblo, profundos sentimientos de cumplimiento del deber y de realizaciones materiales y, además, una noble y generosa tierra, con climas y potencialidades tan diversas como ricas que nos autoriza a ser optimistas.

6.- El Automóvil Club y su obra en el país.

En 1887, un joven de fortuna, Dalmiro Varela Castex había comprado un triciclo movido con motor a vapor y se paseó por las calles de tierra de Buenos Aires y, aún con ella, llegó hasta su estancia. En 1892 trajo de Europa un Benz para dos personas y otro en 1895. El Consejo Deliberante le dio la patente número uno. En 1897 el joven Guillermo Fehling trajo un Daimler, monocilindro a explosión. En 1906 ya circulaban en la ciudad de Buenos Aires 340 automóviles particulares, 82 de alquiler y 24 camiones. En 1905 un inexperto conductor chocó contra una columna de alumbrado en la hoy avenida Libertador y se mató. La Municipalidad dictó una grave ordenanza: ”velocidad máxima 14 kilómetros por hora”.
Un poco antes, el 11 de junio de 1904, Varela Castex el barón de Marchi, Carlos Alzaga Unzué, José Pacheco Anchorena, Alfredo Tornquist, el banquero y otros, fundaron el Automóvil Club Argentino en Rodríguez Peña 178. Tuvo varios domicilios posteriores hasta 1942 en que se mudó a la sede actual, que se supone definitiva. Estuvo antes enAvenida Alvear 3543, Esmeralda 1080, Florida 640 y Florida 691. Varela Castex fue el primer presidente y Pachco Anchorena, el segundo.
El A.C.A., no solamente fue una entidad servicial sino que, además, desarrolló el turismo, hizo conocer lejanas regiones argentinas, fue un pasaporte válido para instituciones similares del exterior y, más que ninguna otra, promovió el deporte automovilístico. Y no se puede hablar del ACA sin dejar de recordar a dos grandes presidentes Carlos P. Anesi y César C. Carman. Este último cubre un largo cuarto de siglo de actividad en el club y fue quien lo llevó a la altura de las grandes instituciones civiles de la Nación. A él se le debe la difusión cartográfica y el impulso a la red de estaciones de servicio para el expendio de nafta, sus derivados y otros accesorios. El ACA impulsó la ley nacional de vialidad durante la presidencia de Justo, que permitió a un hombre valioso y sincero patriota, el ingeniero cordobés Justiniano Allende Posse realizar una vasta obra caminera en la Argentina y sentar las bases de la red de carreteras como nadie lo hizo antes ni después.
Dentro de sus muchos servicios a la comunidad, se cuenta la “Escuela de conductores”, que funciona en Palermo y cuenta con un total anual de más de cuatro mil inscriptos. Asimismo, los servicios de cobertura de seguros generales, la de salud, el asesoramiento jurídico y contable para los socios y tantas otras cosas que exceden este trabajo.
El ACA tuvo dos instituciones a las que adhirió con perseverancia y fe: la primera, la Caja Nacional de Ahorro Postal, después Caja de Ahorro y hoy, simplemente, la Caja con la que contrató los seguros de los automotores de sus socios con descuento en las pólizas y la segunda, Yacimientos Petrolíferos Fiscales, en aquellos lejanos días, de capital nacional, cuya nafta le suministró con exclusividad.
Esta reseña quedaría incompleta si no recordáramos las carreras que tuvieron por escenario los polvorientos caminos de la Patria. Desde lejanas aldeas, los vecinos perdidos en la distancia, sentían la emoción de ver pasar a sus ídolos raudamente, con la ilusión de un modesto saludo con el pañuelo blanco, prendido al sueño de haber sido testigos de proezas históricas. El duelo Fangio – Gálvez, nunca concluido, la adhesión de éste o aquél conductor, pusieron tema de conversación y de pasión en los quietos tiempos de lejanas regiones o en los de bulliciosas ciudades. Esa pasión se hizo americana -¡y mundial!- en la carrera “Buenos Aires – Caracas”, porque conmovió a naciones hermanas. “Allá, desde el sur, -se decía- desde la lejana y pujante Buenos Aires, una larga fila de autos corren en pos de un triunfo limpio y noble, cual herederos de glorias pasadas”. Aún hoy es historia.

7.- Reflexiones sobre el Centenario

El Automóvil Club Argentino, es una institución querida por el pueblo, y tal vez la más sentida por la gente. Quien tiene un auto quiere ser asociado de ella. La necesita y la quiere, como se aprecia y estima a los amigos leales. Es una institución argentina, fundada por argentinos, conducida por argentinos y para bien de los argentinos. Por lo tanto está inmersa en el país y así lo estuvo en el siglo que ha transcurrido. Hacer la historia de los principales acontecimientos de la historia nacional en la que se desenvolvió nuestra institución se presta a polémica porque muchos de los hechos ocurridos, en particular los más próximos, aún no tienen la perspectiva del tiempo que permite verlos y analizarlos, como quería Tácito, “sine ira et studio”. Muchos de los presentes hemos sido contemporáneos de los hechos públicos mencionados en esta evocación y, en algunos casos, partícipes y hasta protagonistas. Por lo tanto, algunos de los conceptos expresados pueden ser vistos desde otro punto de vista porque son controvertidos. El filósofo norteamericano John Dewey decía que él no conocía la fórmula del éxito, pero sí la del seguro fracaso, que consistía en querer quedar bien con todos. Por otra parte, Benedetto Crocce, el eminente filósofo italiano, sostenía, a principios del siglo XX, que toda historia es siempre contemporánea, sea cual fuere el período tratado, porque la historia se resume por la vida del historiador que la piensa, la opina, la recrea. Agregaba: “Nunca morirá la historia mientras haya un historiador que la medite.”
El siglo XX, en cuyo transcurso se desarrolló nuestra Institución, vio cambiar la faz de la humanidad, fue testigo de las mayores invenciones que mejoraron la vida humana, pero también de la brutalidad de las más extendidas guerras que segaron millones de vidas. El mismo siglo vio a nuestro país en la cúspide y en el foso, en la cima y en la sima, en una extraña parábola de grandeza y miseria. No acompañó el tiempo de nuestras vidas la ola de progreso que se preveía. Otras naciones del mundo en completo atraso relativo, son hoy potencias económicas y con gran desarrollo social. Alguien dijo que nuestro país era, por encima de todo, la frustración de un sueño que muchos tuvieron y que finalmente, no cristalizó en realidades. Repetimos, Argentina es para muchos una frustración, una promesa incumplida que atribuimos al abandono educacional, ya que el conocimiento y la información son en los días que corren las mayores fuentes de desarrollo material y espiritual. La atención a los problemas inmediatos llevaron al abandono de las grandes metas de largo plazo
Los desafíos de hoy requieren llegar a la sociedad del conocimiento y éste no parece ser una preocupación apremiante, de acuerdo con los míseros presupuestos asignados a estos rubros y a la baja calidad educativa que se imparte en todos los niveles. Quien habla, profesor de la Universidad de Buenos Aires desde hace más de tres décadas, ha visto a generaciones de alumnos en un lento pero constante declinación de conocimientos y también, de la permisividad generalizada que lo facilita.
El Automóvil Club Argentino, orgullo de la Patria, es, sin duda, una reserva del cumplimiento del deber, de la extendida tecnología al servicio de la gente y también la de la mano tendida. Es una ínsula, como aquella de Barataria, donde el sencillo Sancho Panza, conducido por la mano y el pensamiento genial de Cervantes, hacía un gobierno constructivo en beneficio de todos.
Por eso – y por mucho más que la brevedad de este texto no permite detallar- su presencia activa en nuestra geografía, su obra realizada y sus generosos propósitos han quedado y quedarán en nuestros corazones. No es una institución centenaria, es la culminación de un esfuerzo colectivo al servicio de la sociedad, a la que se ama y reconoce.
Que así prosiga por todos los tiempos.

Buenos Aires, 3 de junio de 2004.-


(*) El autor es doctor en historia, presidente de la Academia Argentina de la Historia y Director del Museo Histórico Nacional.