Chuanisin, la “ tierra de la abundancia” de los indios yámanas, sólo dista 30 km de la Isla Grande de Tierra del Fuego, desde donde se aprecian sus 75 km extendiéndose de Oeste a Este.

Dos hileras de escarpadas montañas la atraviesan: son las últimas estribaciones de los Andes. No son tan altas como abruptas, y sus picos rectos, ásperos y cortantes sobresalen en invierno, cuando la niebla envuelve a la isla con un manto húmedo y opaco.

El relieve fue moldeado por glaciares que originaron valles angostos y profundos. Los lagos de altura y los arroyos torrentosos caen entre agujas aún poco modificadas por el viento y las tormentas. Al Este, un centenar de pequeños lagos se vinculan mediante arroyos que desaguan al mar en finas cascadas. Su rumor rompe la monotonía del tapiz siempre verde, para caer en fiordos que se abren paso desde el interior hasta un mar de aguas someras.

En el sentido Oeste, en cambio, los valles son amplios y las laderas suaves, mientras que los cursos de agua deambulan lentamente y se pierden entre lagunas y turbales. Aquí el basamento se sumerge en abismos profundos. Si bien pueden encontrarse playas de arena y de canto rodado a lo largo de los 300 km de costa de la isla, la mayor parte de su contorno está formado por fiordos y laderas escarpadas. Así, el bosque magallánico toma contacto directo con el mar. En estos casi inabordables límites se encuentran numerosas cavernas; unas submarinas y otras litorales, siempre tapizadas de musgos, algas y moluscos. El clima, más oceánico que el de Ushuaia ofrece inviernos benévolos y veranos fríos.

Durante todo el año hay fuertes ráfagas de viento, tormentas frecuentes y la humedad es extraordinaria: llueve todo el tiempo, y en invierno la isla está cubierta de bruma.
El clima es tan cambiante que durante un mismo día puede nevar, salir el sol, lloviznar o desatarse una tormenta.

En Isla de los Estados confluye el bosque magallánico, típico del sur de Chile, de unos 15 metros de altura y follaje siempre verde, con las praderas de pasto “tussock”, turberas y tundras propias de Malvinas y Georgias del Sur.

Gracias a que la isla se ubica en el extremo sur de la corriente fría de Malvinas, se acercan a sus costas aves y cetáceos que viven en mar abierto o en la Antártida.
Sorprende la exuberante vegetación que recubre las laderas y disimula el relieve desigual.
A diferencia del bosque andino-patagónico, dominado por especies que pierden el follaje en invierno, como el ñire y la lenga, el bosque magallánico está compuesto por especies perennes. Guindos y canelos son acompañados por maitenes, calafates, helechos y musgos. Recién en las franjas superiores hallamos bosques de ñires y lengas, espléndidos y nunca talados.

La vegetación es impenetrable debido a lo intrincado de los arbustos, cuya altura, ni muy alta ni muy baja, hace tedioso el avance.
En algunos sitios la cobertura es tan densa que aunque uno cree caminar sobre el suelo, lo hace sobre ramas.

Tan prolífica vegetación brinda refugio a especies como el huillín, nutria patagónica en peligro de extinción y al “ratón de los guindales”, que no habita ningún otro lugar del mundo. También protege cabras domésticas, descendientes de aquellas que liberó el capitán Luis Piedra Buena en 1868. Este ganado sobrevive en un ambiente extremo desde hace casi 150 años, por lo que puede aportar valiosa información genética a otras poblaciones de caprinos, como ya vislumbró
el Dr. Vinciguerra en la expedición científica de 1883.

Al observar el follaje surgen aves como el “bosterito”, de riguroso azul y amarillo, o la “ratona”, que busca pequeños huecos donde construir su nido, para lo que llega a utilizar los sitios más extraños. En cuanto a los cantos, el zorzal patagónico da la nota muy temprano como sus primos
de la ciudad, mientras la gallineta, oculta junto al agua, emite estridentes llamados. Si nos acercamos al borde de los puertos, hallaremos a la garza bruja pescando inmóvil. Fija la vista en las límpidas aguas, espera descubrir la figura de una estrella, erizo, pulpo, calamar o pez que retribuya su paciencia.

En el sector occidental hay sitios bajos y laderas donde el suelo desaparece bajo turberas. En estas depresiones con agua permanente que acumulan musgos e ínfimas plantas carnívoras durante cientos de años es fácil hundirse hasta las rodillas. Aquí encontramos también praderas del pasto“tussock” de los malvineros, donde nidifican pingüinos magallánicos y de penacho amarillo.

El mismo desolado paisaje vegetal se encuentra en los islotes De Año Nuevo, que emergen del mar como mesetas parejas, casi circulares. Sobre estas plataformas expuestas al viento viven pingüinos, cormoranes, gaviotines y hasta conejos soltados en la isla Observatorio. Allí también se
refugian los lobos, elefantes y nutrias marinas que fueron cazados, casi hasta el exterminio, desde mediados del siglo XVIII hasta fines del XIX.

La costa es tumultuosa. El mar se encrespa en remolinos que arrastran las algas cachiyuyo, mientras las olas rompen y atruenan contra la piedra para expandirse pronto en espuma y volver a nacer.

Toda la isla está rodeada por algas pardas que ofrecen sustento y abrigo a incontables pequeños seres y peces marinos; entre ellos al sabroso bacalao antártico y al puyén. La población de puyenes de la isla, a diferencia de la población continental, migra desde el agua dulce hacia el mar para luego regresar. Una población de peces variada y a salvo, ya que en la isla no han sido introducidos los salmónidos, que están extinguiendo a los peces autóctonos en la Patagonia.

Isla de los Estados y los islotes adyacentes son la perla de Tierra del Fuego, por eso fueron declarados Reserva Provincial Ecológica, Histórica y Turística en la Constitución provincial. De su cuidado efectivo se ocupa la Armada, que destaca personal en la isla desde 1977.

Este rincón misterioso nos permite soñar con la naturaleza salvaje y resguarda seguramente nuevas especies por descubrir.

Si hay un roedor y un hongo propios de la isla, ¿por qué no podría haber más especies exclusivas? Aún se desconoce si hay reptiles y anfibios y si la isla fue habitada por indígenas o si llegaron a ella accidentalmente. Tampoco sabemos cuántos restos de naufragios nos aguardan en sus costas. A cien años de la publicación de El faro del fin del mundo, Isla de los Estados sigue alimentando nuestra fantasía y ampliando nuestra visión del planeta.

 

Publicado en la Revista Autoclub N° 196 - Enero / Febrero / Marzo 2008